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martes, 7 de marzo de 2017

No solo hay esperanza: hay certeza de que los españoles lo conseguiremos


Esto sí son brotes verdes. Foto cortesía de Antonio Novo
Bienvenidos al planeta Tierra: un lugar de cielos azules de nitrógeno, océanos de agua líquida, bosques frescos y prados suaves, un mundo donde se oye de modo evidente el murmullo de la vida. Este mundo es en la perspectiva cósmica, como ya he dicho, conmovedoramente bello y raro; pero además es de momento único. En todo nuestro viaje a través del espacio y del tiempo es hasta el momento el único mundo donde sabemos con certeza que la materia del Cosmos se ha hecho viva y consciente. Carl Sagan, Cosmos

Somos una generación y una especie afortunada. Hemos descubierto un método eficaz y provechoso de llegar al conocimiento. Hemos tomado consciencia de nosotros mismos. Nos relacionamos con otros de la misma especie. También hemos aprendido a relacionarnos y descubierto un método de gobernarnos cuyo objetivo no debería ser enriquecernos ni agotar los recursos del planeta sino conseguir la felicidad. Y cuando hablamos de método nos referimos a método: no a filosofías que se pierden en la especulación, el populismo o las utopías irrealizables, sino a hipótesis que grandes sabios postularon y se comprobaron empíricamente.

El camino hacia la felicidad está siendo muy difícil: desde las agrupaciones tribales prehistóricas hasta los modernos Estados el acceso a esa felicidad está siendo muy duro. Al igual que no todas las especies sobrevivieron y la extinción de los dinosaurios es un claro ejemplo que nos advierte de que ni siquiera trescientos millones de años es garantía de supervivencia en este planeta, muchos métodos de organizar nuestras sociedades se han perdido también en ese difícil viaje de cómo vivir los unos con los otros; o porque se trataban de simples utopías o porque pretendían formas equivocadas o poco justas de organizar las sociedades. Se perdió el sistema medieval, se perdió el sistema aristocrático y se perdieron, por ejemplo, los fascismos al acabar las II Gran Guerra, afortunadamente. Después llegó la Guerra Fría enfrentando al mundo bajo el paraguas de dos superpoderes: EE. UU y la URSS, que finalizó incluso antes de la caída del Muro de Berlín fue la última pérdida en Europa de un sistema social que también falló: el comunista.

Desgraciadamente, todavía quedan algunos focos todavía de ese comunismo en algunos países como Corea del Norte o Cuba, e incluso hay quienes se empeñan en resucitar ese sistema obsoleto y fracasado en nuestra querida España mediante la persuasión tautológica de unos desleales medios de comunicación y el oportunismo de unos siniestros pícaros que lo están promocionando. Aquí pecan todos siguiendo la máxima de Goebbels: si una mentira se repite mucho acaba por convertirse en verdad sobre todo en poblaciones atrasadas. Pero, ¿estamos tan atrasado como para caer en una trampa del siglo pasado? Yo creo que no.

Se ha derramado mucha sangre durante ese trayecto de las organizaciones sociales y las mentes más preclaras de la humanidad fueron allanado el camino para sacarnos de las cavernas: Platón, Aristóteles, Marsilio de Pádua, Hobbes, Maquiavelo, Locke, Hume, Jefferson, Tocqueville y tantos otros son personajes de quienes hemos esbozado unas pinceladas en este blog. Aquellos que lo hayan seguido de vez en cuando se habrán maravillado simplemente con el enorme impacto que puede ejercer el pensamiento de estos genios sobre la forma de organizar nuestra sociedad para conseguir esa felicidad. Hay esperanza porque las cosas ya están pensadas. No necesitamos a ningún mesías con peluquín a imponernos su salvación postiza porque ya sabemos salvarnos nosotros solitos. Por eso somos afortunados: porque sabemos cómo hacerlo. El camino no solo está pensado sino comprobado en la práctica. Hay que corregir errores por las variables extrañas que han intervenido a causa de grupos de presión, financieras, etc; pero existen factores de corrección que proporcionarían no las personas sino el sistema.

Por lo tanto hay esperanza para muchas cosas: hay esperanza de que las universidades no estén en manos de equipos mafiosos con tarjetas negras y que las mejores mentes de nuestro país puedan desarrollar sus proyectos en investigación y desarrollo sobre los que cobran por no presentarse al trabajo y presentar trabajos que ya habían sido entregados. Hay esperanza de que se valore el talento: el verdadero talento sobre la mediocridad más oscura. Hay esperanza de que esta sociedad sea capaz de poner en su sitio a tanto anodino; yo creo que sí. El mediocre solo tiene un camino para triunfar sobre el talento: la corrupción y el engaño. Hay esperanza de que triunfe el talento sobre la corrupción.

Hay esperanza de que el pueblo llegue a saber qué es la democracia porque tiene derecho a saber qué es la democracia, pero la de verdad. Hay esperanza de que los medios de comunicación sean honrados y realicen una labor informativa y por consiguiente pedagógica para el pueblo español, además de entretener. Hay esperanza de que esos medios primero aprendan ellos qué es la democracia porque no lo saben y después sepan transmitirla para que la sociedad civil sea incapaz de vivir sin ella. Cuando el pueblo español conozca qué es la democracia formal no habrá poder ni fuerza en este mundo que pueda arrebatársela. Ni siquiera todos los populistas que salgan cada día predicando sus evangelios postizo y burdas mentiras.

Hasta ahora no ha ocurrido, pero todavía queda esperanza. ¿Y de dónde viene esa esperanza? La democracia, tal como apuntaba Tocqueville, es un proceso inevitable y además ese estadio no sería el último, decía el gran filósofo-científico social. Tocqueville no formulaba teorías: tomaba apuntes de campo y datos empíricos y los sometía a un riguroso proceso antes de concluir nada. En su genial obra La Democracia en América demostró que las teorías de los grandes filósofos antes mencionados habían sido llevadas a cabo, y sin proponérselo, por unos rebeldes que desconfiaron del poder descontrolado porque habían sentido su yugo y se deshicieron del mismo. Para que nadie sufriese lo mismo otras de las mejores mentes rebeldes no se apoderaron de ese poder sino que los separaron y además los enfrentaron. Buena táctica: que un poder se enfrente a otro y nos deje a nosotros dormir tranquilos.

Seguramente la democracia formal después de establecida (eso es inevitable no solo para España sino para todos los pueblos occidentales) sufrirá mutaciones que la mejoren como ocurre con los seres vivos; y así lo decía Tocqueville antes de que Darwin llegase a publicar nada. Dos genios que supieron tomar e interpretar datos. Dos genios que vieron con los ojos de un genio aquello que los demás somos incapaces de ver aunque lo tengamos delante. Tales de Mileto (624 a. C – 547 a. C) vio un palo y no lo utilizó como hacían todos los demás para pegarle un garrotazo o lanzárselo a nadie en sus guerras sino para medir la altura de una pirámide a partir de la longitud de su sombra y el ángulo del Sol sobre el horizonte. Los demás veían un arma y Tales vio un instrumento de precisión para medir la altura de una pirámide. Este método se utiliza hoy en día para determinar la altura de las montañas de la Luna. Tales se adelantó trescientos años a la geometría de Euclides que enseñamos hoy en las escuelas y que utilizamos en nuestros cálculos de ingeniería y mecánica. Esos son los genios. Y ese es el talento. Personas con ese talento descubrieron poco a poco lo que hoy podemos utilizar para alcanzar la felicidad en nuestra forma de organización social. Hay esperanza de que el talento de la medida triunfe sobre la mediocridad del garrotazo porque es una cuestión de determinismo. Y si eso ocurre hay esperanza de que el esfuerzo se premie y se reconozca y aplaste a la picaresca y la corrupción. Pero esa esperanza no puede basarse en buenas intenciones como pretenden unos advenedizos que han irrupmpido en el paisaje político, sino en método. El método es la clave. La democracia formal es la clave

Si una mutación es mala es un cáncer, si se desarrolla el organismo no sobrevive. Considero la partidocracia como una mutación mala que jamás se acercó a la democracia aunque sí respete las libertades individuales. En eso está mucho más avanzada que el comunismo que no respeta ninguna libertad. Considero a los que intentan convencernos de que son nuestros nuevos mesías otra mutación maligna que no solo no respetaría las libertades colectivas que deseamos alcanzar sino que también destruirían la libertades individuales que tenemos. Un cáncer lo destruye todo: mata al organismo si éste no reacciona y destruye al cáncer.

Pero cuando la mutación es buena el organismo sobrevive porque se adapta al medio mejor que sus antepasados y prevalece. Hay que mutar a la democracia formal para que la esperanza se convierta en certeza. Certeza de que en en España los profesores dejen de adoctrinar siguiendo las ruines consignas de sus jefes políticos para dedicarse a enseñar, y la vocación del conocimiento triunfe sobre la mediocridad de las bajas pasiones. Los profesores deben difundir conocimiento y no ser correas de transmisión de políticos mediocres con aspiraciones ruines. Enseñar y curar son trabajos vocacionales porque no estás trabajando con tuercas que después puedes rechazar en un frío y eficiente proceso industrial de calidad: estás trabajando con seres humanos en proceso de desarrollo para la vida adulta. Eso del rechazo de piezas defectuosas pertenece al fascismo y fracasó, No nos sirve. Los niños son esponjas curiosas ansiosas de absorber conocimientos, son inteligentes, inquietos, artistas natos y cada uno de ellos con capacidades distintas y un hambre insaciable de aprender si nadie se dedica a malformarlos y abortar ese maravilloso proceso. Hay certeza con la democracia formal de que dejen ejercer a los maestros como maestros y a los médicos y personal sanitario para prevenir y curarnos porque nuestros recursos se invierten en sanidad e instrucción. Hay esperanza de que los Estados no controlen a los ciudadanos y dejen el peso de la educación a los padres y la familia y el de la instrucción a los colegios; aunque estén interrelacionados porque toda persona es mucho más que el resultado de una educación y una instrucción. Los regímenes totalitarios se apoderan de los niños para adoctrinarlos: hay esperanza y certeza de que ello dejará de ocurrir en algunos lugares de España.

Hay esperanza y certeza de lograr todas estas cosas y muchas más; de conseguir todavía más porque nunca nos conformaremos. Por eso decía Tocqueville que no todo quedaría en la democracia sino que evolucionaríamos a más, a pesar de los cánceres. A pesar de las mutaciones malignas.

Igual que para acercarnos a la verdad con mucha aproximación fuimos capaces de descubrir el método científico los españoles seremos capaces de conocer el método científico de la democracia formal. Y ese método está ya en marcha porque se puede desarrollar a partir de una unidad como cualquier otro método científico que tiene su unidad. Tirando del hilo de la unidad el proceso científico es imparable: la democracia formal es imparable porque ya tenemos esa unidad y es el humilde distrito electoral; pequeño, con un representante surgido por mayoría absoluta, a doble vuelta si fuese necesario, para proponer las leyes de parte de los ciudadanos de ese distrito. Un representante que estará presente por nosotros y que puede ser sustituido fulminantemente en caso de deslealtad. A partir de ahí se monta el edificio de la democracia formal. Imponente. Bello. Impresionante. Esperanzador. Inevitable...

Vicente Jiménez

viernes, 23 de mayo de 2014

Sobre sucesiones e igualdad. Un texto de Tocqueville


"... Pero la ley sobre sucesiones fue la que hizo dar a la igualdad su último paso.

Me sorprende que los publicistas antiguos y modernos no hayan atribuido a las leyes sobre las sucesiones una gran influencia en la marcha de los negocios humanos. Esas leyes pertenecen, es verdad, al orden civil; pero deberían estar colocadas a la cabeza de todas las instituciones políticas; porque influyen increíblemente sobre el estado social de los pueblos, cuyas leyes políticas no son más que su expresión. Tienen además una manera segura y uniforme de obrar sobre la sociedad, apoderándose en cierto modo de las generaciones antes de su nacimiento. Por ellas, el hombre está armado de un poder casi divino sobre el porvenir de sus semejantes. El legislador reglamenta una vez la sucesión de los ciudadanos, y puede descansar durante siglos; dado el movimiento a su obra, puede retirar la mano; la máquina actúa por sus propias fuerzas, y se dirige por sí misma hacia la meta indicada de antemano. Constituida de cierta manera, reúne, concentra, agrupa en torno de alguna cabeza la propiedad y muy pronto, después, el poder, haciendo surgir de algún modo la aristocracia de la tierra. Conducida por otros principios, y lanzada en otra dirección, su acción es más rápida aún: divide, reparte y disminuye los bienes y el poder. Ocurre a veces que sorprende la rapidez de su marcha, desconfiando de detener su movimiento, se intenta al menos poner ante ella dificultades y obstáculos y se quiere contrabalancear su acción por medio de esfuerzos contrarios. ¡Cuidados inútiles! Porque tritura o hace volar en pedazos todo lo que halla a su paso; se yergue y vuelve a caer por tierra, hasta que no se presenta ante la vista más que un polvo movedizo e impalpable, sobre el cual se asienta la democracia.

Cuando la ley de sucesiones permite y con más fuerte razón ordena el reparto por igual de los bienes del padre entre todos los hijos, sus efectos son de dos clases. Importa distinguirlos con cuidado, aunque tiendan al mismo fin.

En virtud de la ley de sucesiones, la muerte de cada propietario provoca una revolución en la propiedad. No solamente los bienes cambian de dueño, sino que cambian, por decirlo así, de naturaleza. Se fraccionan sin cesar en partes cada vez más pequeñas.

Ese es el efecto directo en cierto modo material de la ley. En los países donde la legislación establece la igualdad en el reparto, los bienes, y particularmente las fortunas territoriales, tienen una tendencia permanente a reducirse. Sin embargo, los efectos de esta legislación no se dejarían sentir sino a la larga, si la ley estuviera abandonada a sus propias fuerzas; puesto que, aunque la familia no se componga más que de dos hijos (y el promedio de las familias en un país más poblado que Francia, es según se dice, de tres cuando menos), esos hijos al repartirse la fortuna de su padre y de su madre, no serán más pobres que cada uno de éstos individualmente.

Pero la ley del reparto igual no solamente ejerce influencia sobre el porvenir de los bienes; actúa sobre el ánimo de los propietarios y suscita pasiones en su ayuda. Sus efectos indirectos son los que destruyen rápidamente las grandes fortunas y sobre todo las grandes propiedades territoriales.

En los pueblos donde la ley de sucesiones está fundada sobre el derecho de primogenitura, pasan más o menos de generación en generación sin dividirse. Resulta de ello que el espíritu de familia se materializa de cierto modo en la tierra misma. La familia representa a la tierra, la tierra representa a la familia; perpetúa su nombre, su origen, su gloria, su poder y sus virtudes. Es un testigo imperecedero del pasado, y una prenda preciosa de la existencia futura.

Cuando la ley de sucesiones establece el reparto igual, destruye la unión intima que existía entre el espíritu de familia y la conservación de la tierra, la tierra cesa de representar a la familia, puesto que, no pudiendo dejar de ser repartida al cabo de una o de dos generaciones, es evidente que debe reducirse sin cesar acabando por desaparecer enteramente. Los hijos de un gran propietario territorial, si son en pequeño número, o si la suerte les favorece, pueden tener la esperanza de no ser menos ricos que su padre, pero no la de poseer sus mismos bienes. Su riqueza se compondrá necesariamente de otros elementos".
La Democracia en América, Alexis Tocqueville, ebook

sábado, 19 de abril de 2014

La ley de leyes



"The will of the nation" is one of those expressions which have been most profusely abused by the wily and the despotic of every age”. Tocqueville Democracy in America


Según Tocqueville la “voluntad del pueblo es una de esas expresiones que han utilizado más los déspotas de cualquier época”. Todos los satélites orbitando en torno a un tirano, los últimos arribistas, oportunistas y el resto... la masa de infortunados ciudadanos que se han abandonado a callar apoyan en mayor o menor medida los sistemas totalitarios y de pensamiento único.


Cuando las decisiones ya tomadas desde el poder se presentan como el “deseo del pueblo” o disfrazadas en forma de votaciones para “decidir” aquello que estaba ya dictaminado desde el sancta santorum de la oligarquía dominante, para ser en seguida ratificado por sus palmeros nos encontramos sumergidos en la peor de las dictaduras. Utilizar el sufragio como coartada de una farsa en beneficio de inconfesables intereses personales es rizar el rizo de la perversidad y el abuso de poder: no hay peor dictadura que la que se disfraza de democracia.


Un pueblo libre decide por sufragio sobre los temas que verdaderamente obedecen a intereses personales de la vida cotidiana de los mismos ciudadanos y donde cada uno de ellos ha sido idénticamente informado y se halla con idéntico poder. Un pueblo libre toma decisiones de forma directa o mediante sus representantes (aquellos que están presentes por ellos) sobre cuestiones tales como a qué o quienes se les aplica los recortes, sobre las leyes que controlan a los gestores públicos, sobre cómo recuperar el dinero público mangado, sobre los desahucios, sobre la responsabilidad del prestamista (banquero) y si éste presenta contratos abusivos , la escolarización, las guarderías, la conciliación de la vida familiar con el trabajo, las pensiones; y ya que las feministas jamás lo han sacado a la palestra porque no es políticamente correcto (cuando la izquierda ha estado en el poder ese tema ha sido siempre tabú) la mísera pensión que le queda a las viudas una vez fallecido el marido; y tantas otras cuestiones que sí le importan y preocupan a la sociedad civil: a cada uno de los hombres y mujeres que no se encuentran representados ni en el Estado y mucho menos en los estaditos. Un pueblo libre no tiene por que votar propuestas sobre problemas fraguados por políticos ineptos simplemente porque no saben o no les interesa resolver las dificultades de verdad. Un pueblo libre no tiene por que decidir sobre cortinas de humo echadas al viento para tapar las vergüenzas de la mediocridad y corrupción de las oligarquías que han hecho de la dilapidación del dinero público su modus vivendi escondiendo la corrupción en irrealidades y fabulaciones.


Un pueblo libre requiere de verdaderos representantes – aquellos ciudadanos surgidos desde la sociedad civil para la sociedad civil y cuya función es siempre realizar una función de intermediación con el Estado; y como dijo A. Lincoln en su famoso discurso de Guettisburg, conseguir un : “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.


Una sociedad libre necesita, en definitiva, la representatividad reflejada desde sus instituciones al conjunto de la cidadanía – que las acciones de sus representantes reflejen de verdad los verdaderos deseos y esperanzas que esa sociedad civil ha confiado en ellos, y resuelva sus problemas: no que origine otros que ni siquiera existían dejando los de verdad sin resolver. Es la soberanía del pueblo la que debe tomar posesión del Estado pasando desde el primer ciudadano al último estamento... impregnándolo todo.


Volviendo a parafrasear Tocqueville, hay que leer y releer a Tocqueville, que la soberanía del pueblo llegue a convertirse en la ley de leyes.

domingo, 13 de abril de 2014

Tocqueville: un autor de obligada lectura


Manuscrito de la Democracia en América

Os presento a Tocqueville. Nació de una familia aristocrática tres años antes de que Napoleón invadiese España, es decir, en 1805. Después de sobrevivir a un año de prisión sus padres se salvaron de la guillotina por los pelos gracias a la caída del reino del terror en el que desembocó la Revolución Francesa. La ejecución de Robespierre en 1794 les salvó la vida a todos. Tocqueville se preguntó por qué la Revolución había fracasado en Francia mientras que la democracia entró de forma tan dulce en EEUU una vez ganada la Guerra de Independencia contra Inglaterra. Así que bajo el pretexto de ser comisionado para estudiar el sistema penitenciario americano se fue a viajar por EEUU durante ocho años después de un primer viaje de nueve meses en busca del Santo Grial de la democracia como un Sir Lancelot de las mismísimas crónicas artúricas.



Si bien Hobbes, Locke y Rousseau creyeron en un Edén inicial de un “estado de la naturaleza” en el que todos habíamos nacido libres e iguales y donde las cosas se torcieron; Tocqueville llegó a la conclusión contraria por un camino mucho más sutil y sin dejar de tener la impronta roussoniana del estado “natural del hombre”: en el devenir de la historia se da una fuerza natural forjadora de sociedades más justas, libres y capaces de lograr la igualdad.



Hay un hecho que llama la atención de los europeo nada más alcanzar las costas de los Estados Unidos y es la igualdad de fortunas que reina a primera vista y que hace considerarlos a todos como iguales en condición, y este hecho da al espíritu público cierta dirección, determinado giro a las leyes; a los gobernantes máximas nuevas, y costumbres particulares a los gobernados. Pronto reconocí que ese mismo hecho lleva su influencia mucho más allá de las costumbres políticas y de las leyes, y que no predomina menos sobre la sociedad civil que sobre el gobierno: crea opiniones, hace nacer sentimientos, sugiere usos y modifica todo lo que no es productivo.

Si a partir del s XI examinamos lo que pasa en Francia de cincuenta en cincuenta años, al cabo de cada uno de esos periodos, no dejaremos de percibir que una doble revolución se ha operado en el estado de la sociedad. El noble habrá bajado en la escala social y el labriego ascendido. Uno desciende y el otro sube. Casi medio siglo los acerca, y pronto van a tocarse.



Tan impresionado quedó Tocqueville cuando estudió in situ la democracia en América, que llegó a considerar lograda la meta social del hombre: de haber conocido la teoría de Darwin sobre la evolución Tocqueville hubiese pensado: del australutiphecus al homo sapiens y de ahí a la democracia en América. Pero esa democracia no es un parto sin dolor porque tiene sus detractores en constante conflicto con sus defensores. Pero esos detractores no pueden evitar que la naturaleza se abra paso y en su introducción a la Democracia en América nos presenta una evolución del proceso basándose en la historia de Francia desde la Edad Media hasta el experimento americano de la democracia.



Desde ese momento concebí la idea de este libro. Una gran revolución democrática se palpa entre nosotros. Todos la ven; la juzgan de la misma manera. Unos la consideran como una cosa nueva y, tornándola por un accidente, creen poder detenerla todavía; mientras otros la juzgan indestructible, porque les parece el hecho más antiguo y el más permanente que se conoce en la historia.



Sin, embargo, a medida que se descubren nuevos caminos para llegar al poder, oscila el valor del nacimiento. En el siglo XI, la nobleza era de un valor inestimable; se compra en el siglo XIII; el primer ennoblecimiento tiene lugar en 1270, y la igualdad llega por fin al gobierno por medio de la aristocracia...

En cuanto los trabajos de la inteligencia llegaron a ser fuentes de fuerza y de riqueza, se consideró cada desarrollo de la ciencia, cada conocimiento nuevo y cada idea nueva, como un germen de poder puesto al alcance del pueblo. La poesía, la elocuencia, la. memoria, los destellos de ingenio, las luces de la imaginación, la profundidad del pensamiento, todos esos dones que el cielo concede al azar, beneficiaron a la democracia y, aun cuando se encontraran en poder de su s adversarios, sirvieron a la causa poniendo de relieve la grandeza natural del hombre. Sus conquistas se agrandaron con las de la civilización y las de las luces, y la literatura fue un arsenal abierto a todos, a donde los débiles y los pobres acudían cada día en busca de armas.



Aquí tenemos a Tocqueville en la introducción de su libro considerando el ideal roussoniano de la soberanía del pueblo como una realidad social ya alcanzada en EEUU y que podía ser llevada a Europa.



Entonces, transporté mi pensamiento hacia nuestro hemisferio, y me pareció percibir algo, análogo al espectáculo que me ofrecía el Nuevo Mundo. Vi la igualdad de condiciones que, sin haber alcanzado como en los Estados Unidos sus limites extremos, se acercaba a ellos cada día más de prisa; y la misma democracia, que gobernaba las sociedades norteamericanas, me pareció avanzar rápidamente hacia el poder en Europa.



Pero al mismo tiempo Tocqueville desconfía siempre del poder aunque sea el pueblo quien lo detente, porque poder y abuso forman un tándem inseparable con tendencia a generar un problema que Rousseau había dado poca importanciai pero que sí preocupaba a Tocqueville, y mucho: la posible tiranía que la mayoría podía llegar a ejercer al alcanzar el poder. Un fenómeno que los americanos bautizaron como “mobocracy ”o “ chusmocracia” (de chusma o populacho) y cuya evidencia irrefutable llegó a los padres de la patria de mano de los mismos evangelios: la condena de Cristo cuando un cobarde Pilatos “se lavó las manos” y le dio el poder al pueblo durante un instante: suficiente para que una manipulable chusma condenase a muerte a un inocente. La cobardía de los gobernantes que no se atreven a tomar decisiones de Estado es algo a lo que desgraciadamente no somos ajenos.



i En mi opinión, esa fue la clave del fracaso de las teorías políticas que se basaron posteriormente en esa confianza de Rousseau hacia el poder del pueblo y que más tarde tomaría prestado Hegel y Marx. Al contrario que Rousseau, Tocqueville jamás creyó en ninguna utopía y desconfió sitemáticamente del poder. Incluso en su Volumen II desconfía de la democracia y previó lo que ahora se denomina lo “políticamente correcto”



Bibliografía



Democracy in America, Alexis De Tocqueville Volume One, Book One, Introduction