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lunes, 29 de abril de 2013

Ideas sin hombres y hombres sin ideas


Este descontento fue transmitiéndose a las capas populares y, como primera protesta pública, aparecieron pasquines en las iglesias donde podía leerse:
«Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir que un tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor» Guerra de los Comuneros de Castilla
Ajusticiamiento de los capitanes comuneros en Villalar WILKIPEDIA

Pierre Vilar, en su Breve Historia de España presenta dos ideas muy interesantes cuya aplicación práctica nos solucionaría muchos de los problemas actuales: son ideas atrevidas; hay que reconocerlo, pero sólo un pueblo valiente puede alcanzar un destino digno.
En primer lugar, Vilar menciona las dificultades por las que tuvieron que pasar nuestros antepasados a principios del s IXX durante la Guerra Napoleónica, o de Independencia, al darse la desdichada circunstancias de que en Cádiz se hallara en esos momentos concentrada la flor y nata de la intelectualidad española, verdadera defensora de las ideas progresistas de la revolución del Nuevo Régimen que tanto había impresionado a Europa. En España, no llegaría nunca a asentarse del todo; aunque casi se alcanzó al coronarse la Constitución de Cádiz de 1812, tan abyectamente abolida por el Rey Felón Fernando VII. Por otro lado, la España atrasada, la España profunda luchaba a cuchillo para expulsar a un ejercito invasor paradójicamente capaz de traernos esas ideas nuevas. Esta circunstancia la expresó Vilar mediante una frase lapidaria y totalmente acertada que sintetiza aquella época: “por un lado, ideas sin hombres; y por otro lado, hombres sin ideas”. Desde Cádiz se luchaba contra Napoleón para imponer las ideas de la revolución que el mismo ejército invasor traía en la mochila, y por el otro lado se luchaba contra esas ideas progresistas para seguir en el mismo estado del orden medieval en que nos encontrábamos en España. Fue el bajo clero quien más impulso esa lucha desde las iglesias y promovió el odio hacia el nuevo régimen. Ese odio caló desde los púlpitos en una población absolutamente atrasada e ignorante. Por eso, "la Virgen del Pilar no quería ser Francesa": epitomaba el rechazo total al Nuevo Orden. Ese rechazo fue el predecesor de las desdichas que nos azotarían en las futuras Guerras Carlistas hasta llegar al presente.



Esta dualidad entre los que saben y no pueden y los que pueden y no saben está volviendo a ocurrir. Sirvan como ejemplo el movimiento 15M compuesto por personas cuya intención puedo presuponer honesta y de buena fe y donde otras deben formar el inevitable núcleo con una fuerte ideología de izquierda. Otros, menos honestos deben estar a las órdenes de la voz de su amo; sean quien sean esos amos que les pagan por hacer lo que hacen, intentando ser buenas correas de trasmisión... y así funciona ese grupo heterogéneo sin saber cómo y a dónde va. De lo que sí carecen todos ellos, sean el 15M u otros es de un líder que sepa lo que hace y tenga visión de Estado a largo plazo: es decir, carecen de un verdadero estadista que reconduzca toda esa energía potencial desperdiciada en energía cinética y productiva. Por eso, esa masificación inicial del 15M donde se unieron tantas personas de origen tan heterogéneo y que pudo cristalizar no ha quedado en nada. Tienen cierto poder de convocatoria y se mantienen en los medios, pero no tienen ninguna capacidad de influir en la política de España. Es más, inconscientemente cumplen el papel de que no surja un grupo verdaderamente organizado y pacífico con el objetivo de cambiar la Ley Electoral, o recomendar la abstención, que es algo que sí aterraría a las oligarquías políticas. Lo que hacen todos esos grupos, escraches (asco de palabra) incluidos, no sirve para nada de lo que pretenden; o más bien sirven para aumentar nuestros impuestos cuando nos vemos obligados a pagar los destrozos de los inevitables corpúsculos  violentos, o hemos de asumir el coste de un despliegue forzoso de las fuerzas de seguridad.

Por otra parte, tenemos verdaderos estadistas inteligentes que expresan sus opiniones ofreciendo soluciones sin que éstas sean divulgadas por los medios verdaderamente influyentes. Es decir, atesoramos hombres con ideas prácticas y geniales: pero estas ideas no llegan a los hombres sin ideas. 

Puede que estos últimos no las entiendan porque al ser expresadas por intelectuales no sepan utilizar un registro suficientemente claro y fácilmente entendible. Lo cierto es que ambos grupos no confluyen: son como el Nitrógeno y la Glicerina. Por separado totalmente inofensivos, pero de unirse ambos elementos se produciría la gran explosión. Y así estamos donde empezábamos con Pierre Vilar: las ideas sin hombres no llegan a conectar con los hombres sin ideas y volvemos a cometer los mismos errores de nuestros antepasados... la historia se repite.

Ahora deberemos desplazarnos más lejos en el tiempo y situarnos en el s XVI durante las Guerras de los Comuneros: Padilla, Bravo y Maldonado tuvieron en jaque mate al emperador Carlos I de España y V de Alemania (aceptemos la ironía), pero cometieron un error fatal: Aún habiendo vencido en algunas ocasiones al emperador, no se imaginaron un mundo sin monarquía. Se puede decir que teniendo la victoria en la mano varias veces al final siempre se la entregaron al emperador; y esta falta de perspectiva debida al periodo histórico en el que estaban encorsetados lo pagaron con sus vidas y sus cabezas acabaron insertadas en picas.

Si admitimos la posibilidad o evidencia de que el problema son las autonomías y los partidos políticos, hemos de concluir que hoy nos ocurre un fenómeno parecido al de los Comuneros de Castilla, ya que no somos capaces de admitir un mundo sin partidos políticos, cuando en realidad no son esenciales en una democracia.

En mi último artículo narro una maravillosa historia ubicada en un futuro imaginario donde un diputado pisa el Congreso por primera vez después de haber alcanzado el primer Estado Democrático en la historia de nuestra querida España. Además, se describen los pasos que se siguieron para conseguirlo (lo que los cursis llamarían hoja de ruta); grosso modo, claro. Se detalla qué hicimos y cómo lo hicimos: solo falta el cuándo para que nos diesen el sello de calidad. Así, el grupo que se reunió en la narración para confeccionar un programa electoral y defender los tomates de su tierra podría constituirse en partido político autofinanciándose; y sólo por motivos organizativos, pero no por motivos de ser órganos esenciales del sistema democrático. El método o reglas del juego estaba claro: división absoluta de los poderes legislativo y ejecutivo y representación real de los electores mediante el diputado de distrito: uno cada cien mil habitantes; y lo principal para empezar: La unidad política, no es el individuo, ni la familia, ni el ayuntamiento ni el partido político: nada de eso; como muy bien indica el filósofo y estadista A.García Trevijano. Éste es uno de sus grandes descubrimientos: la unidad políticas es el colegio electoral. Y desde el momento en que tenemos definida y bien localizada las unidad, ya podemos empezar a desarrollar el campo de la política desde una perspectiva científica.
Si tenemos en cuenta lo que puede llegar a ser y no es, de nuevo estamos repitiendo errores históricos: de igual forma que los Comuneros no percibieron ni en el último rincón de su imaginación la posibilidad de un mundo sin monarca, nosotros persistimos en no concebir la posibilidad de un mundo sin partidos políticos. Peor aún, muchos españoles creen estar viviendo en una democracia.




Vicente Jiménez


domingo, 21 de abril de 2013

El día que logramos la Democracia


Un futurible de como debería ser la democracia. Esto nada tiene que ver con ninguna ideología. Es la forma purista de separar el poder legislativo del ejecutivo y garantizar la representatividad del ciudadano. Así lo consideraron grandes pensadores como Locke y Montesquieu y así lo aplicó Jeffersson en la Constitución de los Estados Unidos. Solo se ha variado la forma de financiar y realizar las campañas electorales para barrar la corrupción por la experiencia que nos da 200 años de democracia en el mundo. Añadido 23 sept 2013

Que lo disfruten...
El cosquilleo de Mario tenía una buena justificación. Iba a ser testigo y actor de un hecho histórico sin precedentes en España. Aquella cámara había forjado nuestras leyes, había sido actor de la historia de España a lo largo de los dos últimos siglos desde 1810, estando de regente María Cristina, hasta que Isabel II tuviese la mayoría de edad. Y así ha continuado funcionando hasta este momento.

Lo que nunca había acontecido durante toda su historia era que tanto Mario  como los demás diputados habían sido elegidos directamente por sus conciudadanos a doble vuelta (para garantizar la representación: sin mayoría absoluta no hay representación) y toda la estructura en la nueva Constitución estaba dedicada solo a separar el poder legislativo del ejecutivo. El elemento primordial del gran cambio, que no regeneración, se basaba en la sustitución de los antes indispensables partidos políticos como unidad democrática (junto a toda la costosa parafernalia) por el sencillo y humilde colegio electoral de su circunscripción. Un diputado cada cien mil habitantes.

Atrás habían quedado las masivas manifestaciones, en las Mario también participó para derrumbar el corrupto sistema anterior de estado de partidos. Atrás quedo la abstención masiva que no derrumbo pero sí debilitó el corrupto sistema anterior. El miedo y la miseria hizo que se produjese el milagro. Tocando fondo la sociedad civil tomo conciencia de si misma y de cómo no estaban representados. La gente hablaba de su situación insostenible en cualquier cola: la del autobús, la panadería... y una idea salvadora corrió como la pólvora. Se dieron cuenta de que eso de votar a partidos que se alternaban en el poder no les representaba para nada. Así que los vecinos, las reuniones de las engañadas bases de los sindicatos, controlados por políticos y sindicalistas apoltronados, los indignados que coincidían en las protestas y asambleas, los "afortunados" mileuristas con la fortuna de trabajar por sueldos miseros, los pensionistas: todos pasaron esa idea unos a otros.

Decidieron, todos a una, exigir y luchar activamente por el cambio de la ley electoral y por lograr un periodo LIBRE constituyente. Y lo que querían estaba muy muy claro: tener a alguien en el congreso que estuviera por ellos: por la gente; y no por y para los partidos políticos. Si tú no puedes estar en persona, que el que esté, esté por ti; y Mario estaba presente por los cien mil ciudadanos que lo habían elegido para representar los intereses particulares de su circunscripción. Era el representante de todos: los que le habían votado y los que no.
Mario había tenido su parcela de propaganda gratuita en los medios, como todos los otros que quisieron presentarse: cada uno con su programa electoral: la diferencia es que antes los programas electorales se presentaban para no cumplirlos; y ahora si Mario no cumplía, sus mismos votantes podrían sustituirlo en cualquier momento: para sustituirlo había quedado otro aspirante, de reserva, en el colegio electoral. Nada de unas elecciones costosas. Cero euros tuvieron que pagar los contribuyentes por las elecciones. En eso hasta habíamos conseguido superar a EEUU, donde las elecciones dependen de costosas financiaciones como las de las corporaciones y los poderosos lobbies. La historia había demostrado que ahí se podía producir la corrupción y nosotros íbamos a superar el sistema democrático de los EEUU. En España, ahora las antes costosas campañas electorales, y cuya financiación engendró tanta corrupción dieron paso a los espacios gratuitos de unos medios de comunicación que iban a vivir los siguiente cuatro años de lo que hicieran aquellos políticos no profesionales. Así que vaya lo uno por lo otro: bien podían dar ese apoyo a la democracia.
Para lograr esas nuevas normas de juego se recogieron millones de firmas, que se presentaron al gobierno. Tuvieron que dar su brazo a torcer por la enorme presión social insostenible ejercida: pero las que más influyeron en ese cambio fueron las peticiones a EE.UU y Bruselas. Los millones de firmas. Las manifestaciones pacíficas y el pueblo arrebató el poder a la corrupta partidocracia. Habían intentado engañarlos con el timo de las listas abiertas: nada de eso. Los españoles ya habían adquirido la suficiente cultura política para saber que la representación solo puede venir cuando tú eliges al diputado de tu circunscripción a doble vuelta, y no al diputado que te propone un partido político.

A Mario lo eligieron en la segunda vuelta porque era un experto en naranjas. Se había presentado con más de los mil avales que necesitaba como mínimo.  Soñaba naranjas, vivía naranjas y lo sabía todo sobre ellas. Conocía el campo y sus problemas. No tenía estudios superiores pero no lo eligieron para construir puentes ni maquinaria. A Mario lo eligieron para que defendiese las naranjas de su tierra, y sobre eso no le podía dar nadie ninguna lección. Confeccionó un programa sensato, austero y eficaz que de llevarse a cabo y poder ejecutarse solucionaría muchos de los problemas de los agricultores de su demarcación.

Seguro que otros agricultores en España tendrían problemas semejantes. Y si ellos funcionaban funcionarían también las industrias relacionadas, los comercios y los bancos empezarían a trabajar para lo que fueron creados.Detrás quedaba el incansable trabajo de un grupo que le ayudó. Se hicieron visitas de puerta a puerta, se informó en locales y se realizaron mítines. Antes, a esos grupos los llamaban partidos políticos; pero bien mirado, tampoco hacían tanta falta porque su programa venció al los viejos partidos oficiales, que también se habían presentado. Mario iba a lo que iba, pensando y conociendo muy bien los problemas de la gente del campo como él; y los votantes captaron esa honestidad y sentido común. ¡Lógico! No estaban acostumbrados.

Recordó cómo un grupo de personas decidieron reunirse de ocho a diez en un local dos veces por semana y pensar un plan de soluciones para los problemas reales que tenían, y cómo desarrollarlo. Allí había también gente que sabía de otras cosas, eran de otras profesiones; y se pudo confeccionar una lista muy concreta de propuestas. En aquellas reuniones, la gente sabía de lo que hablaba: los de las tiendas, el representante de Centro Comercial, otros de una asociación de vecinos, agricultores, una médico, unas profesoras y hasta dos directores de banca y escuela.

Todo pasó muy rápido a partir de las elecciones. Los nervios a flor de piel. Segunda vuelta entre los dos finalistas y ganó Mario. Cuando entró en el Congreso por primera vez como diputado era consciente de que lo que se iba a debatir en aquella cámara inauguraría una era histórica: ser la primera vez que se aplicarían las normas de juego de la democracia en España. Y de toda esa pluralidad de intereses, desacuerdos y acuerdos con los otros 399 diputados, cada cual con su programa en al mochila, saldrían las proposiciones de ley. También habían acabado las poltronas y prebendas de la partidocracia. Después de dos periodos legislativos nadie podría repetir, y tendrían que volver a ser ciudadanos de a pie.

Antes se legislaba en aquella sala, pero ese disparate no iba a ocurrir nunca más. Juntar poderes "nunca mais". En el Congreso de los Diputados se propondrían las leyes de España. Después, esas propuestas pasarían a la cámara legislativa y ésta les imprimiría su carácter de leyes. Y éstas leyes que habían sido gestadas en el Congreso sin carácter coercitivo adquirirían ese carácter de obligado cumplimiento en otro lugar: la cámara legislativa. A partir de ahí las leyes saldrían publicadas en el BOLETÍN OFICIAL DE LA NACIÓN. No el el Boletín Oficial del Estado. El Estado era el poder ejecutivo y se tenía que llevar muy mal con el legislativo. Y cuanto peor se llevaran y más se vigilaran el uno al otro mejor para los ciudadanos. Nunca más el legislativo y ejecutivo andarían juntos de la mano como en la etapa partidocrática anterior.
¿Y dónde quedaban los jueces? Pues se eligió a uno para que dirigiera la vigilancia de todos los demás jueces. Y lo eligieron entre todos los profesionales de justicia: jueces, procuradores, fiscales, abogados... todo bien atado y vigilado. Ese era el poder Judicial: Totalmente independiente y sin ni siquiera conocer a los diputados, de mal que se llevaban: ¡bueno! eso es broma. Los conocerían por los periódicos y las noticias, pero nada más, ellos a aplicar la ley.

Los cuatrocientos diputados propondrían las leyes, la cámara legislativa intermedia con el Estado ejercería el poder coercitivo. La elección del Presidente de la Nación sería el ejecutivo, para poner un contrapeso a la Cámara de los Diputados, y los jueces a lo suyo; juzgando malhechores, corruptos y banqueros tramposos, que es lo suyo. Y recuperando nuestro dinero, si pueden.

Todos los poderes sospechando de todos y limitando el poder de los otros dos. Montesquieu había resucitado, señores. Pero no lo hizo solo: la movilización y presión social lo había conseguido.
Esta idea no es mía, la he traducido en esta narración tomada de un gran Estadista cuyo nombre mantendré, de momento, en secreto. De esa forma la atención del lector se centrará en la idea y no en el autor. Que los prejuicios no enturbien la verdad porque este estadista nos marca el camino. Ataca a la enfermedad y no a los síntomas. Así la idea no estará contaminada con el dopaje de derechas ni de izquierdas, porque de lo que se habla aquí es de unas reglas de juego. Eso es la democracia: unas reglas de juego; y cuanto más sencillas mejor. Así doy el agua destilada sin nada disuelto para que nos centremos en el agua. Y ese reglamento se llama una nueva constitución. Nueva, no regenerada. Se regenera lo bueno y la actual no cumple con el reglamento de la democracia.

Pensemos en la democracia como en el reglamento del fútbol. Las jugadas en el campo de fútbol equivaldrían a la política. Aquí se ha hablado solo del reglamento: las jugadas las harán nuestros representantes, nuestro presidente y nuestros jueces. ¿Corrupción? Claro que pueden haber jugadores tramposos que intenten colarla: pero si el árbitro se da cuenta ¿a que le sacaría tarjeta? Nada que ver con lo que tenemos. Ahora estamos jugando con un reglamento distinto al de la democracia: nos han dicho que lo es, pero el reglamento democrático es otro. Incluso hay políticos que se ha dado cuenta de que esto no lo pueden mantener y nos quieren colar otros cuarenta años de más de lo mismo con el nombre de federalismo. Un horror señores.


Vicente Jiménez