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¿Se nos ha metido un caballo de Troya en casa?

Revisado 18 junio 2014
En la Edad Media los monjes llevaban una vida rutinaria imperturbable salvo que un hecho dramático como una invasión, la peste o una guerra rompiese esa paz. Se levantaban al alba, rezaban, comían, trabajaban, estudiaban, copiaban libros, rezaban, dormían. Sus hábitos diarios se centraban en por y para la vida del monasterio las 24 h del día. La vida del campesinado también seguía un ritmo parecido de rutinas donde vida y trabajo no se separaban: el ritmo diario lo marcaban las estaciones y la Naturaleza. Ese esquema rutinario se rompió con la Revolución Industrial. Más tarden llegarían las luchas sindicales de verdad: no la de los sindicalistas político-liberados actuales que viven ociosamente ocupados; y al finalizar las dos guerras mundiales fue consiguiéndose con más lucha la  separación entre el trabajo, el tiempo libre y la vida familiar. 

Mucho se tuvo que pelear en Europa para lograr que los trabajadores pudiesen disfrutar de ciertos logros o lujos y así mejorar sus condiciones de vida hasta  convertirse en clase media con vacaciones, electrodomésticos, coche y los tres ochos: ocho horas de sueño, ocho de trabajo y ocho de tiempo libre. El tiempo libre permitió las relaciones familiares, las sociales, la práctica de aficiones: lo que los abuelos de nuestros abuelos jamás llegaron ni a soñar.

Nos enfrentamos a un retroceso vertiginosos donde la rueda ha girado por completo y la tendencia de las condiciones de trabajo junto al nivel de bienestar en vez de mejorar empeoran a marchas forzadas. El ahora lujo del tiempo libre, de tener asegurado el sustento con el esfuerzo de tu trabajo y disfrutar de un estado de bienestar que creíamos garantizado se está diluyendo por la dictadura de las crisis, de los malos sistemas de gobierno, de las castas oligárquicas de poder y de la competitividad dictada por un mercado salvaje falto de toda moral y principios. Han aparecido unos nuevos dioses en el Olimpo y junto a ellos hemos introducido un dios menor al que adorar en el hogar y que resulta un verdadero caballo de Troya. Ese dios menor es tan peligroso como los anteriores: el uso de las nuevas tecnologías de la información. Los viejos relojes de marcar las horas de entrada y salida en la fábrica han desaparecido y han sido sustituidos por portátiles, tablets y móviles 4G que mantienen un perfecto cordón umbilical con la empresa a tiempo total, literalmente. Mediante el uso de estas tecnologías tu tiempo, suponiendo que tengas la suerte de trabajar, forma ya parte de la empresa las 24 h del día, tal como ocurría con los antiguos monjes medievales que hemos mencionado antes.

¿Volverá aquella época de nuestros padres en la que  el silbato de la fábrica marcaba perfectamente las fronteras entre el tiempo del trabajo y el tiempo personal? Con las nuevas tecnologías va a ser difícil separar la hora de salida y desconectar completamente del trabajo para tomarse con los amigos unas cañas, disfrutar con la familia o simplemente leer o no hacer nada.


Con la nuevas tecnologías hemos metido el caballo de Troya en casa y en nuestro tiempo libre. En este momento accedemos desde casa a los datos de la empresa por la intra-net  y nos llevamos ese trabajo al hogar. Estamos localizables las 24 h del día y tenemos ya metida la oficina en le hogar con un método de trabajo que ha cambiado. En vez de estar delimitado por un horario está definido por unos objetivos muy definidos cada vez más exigentes y esclavizantes. Por lo tanto, en este momento, ya nos parecemos un poco a aquellos monjes medievales del principio de este artículo. Corremos el peligro, al igual que ellos, de no salir del convento, pero ellos tenían la ventaja de disfrutar una vida más natural y sin estrés.


Vicente Jiménez

Bibliografía

Buntin Madeline, Willing Slaves: How the Overwork Culture is Ruling Our Lives,
HarperCollins, 2004

Richard Donkin, Blood, Sweat and Tears: The Evolution of Work, 

Richard Donkin, The history of work,

Notas

Los "privilegiados de tener un trabajo" ahora estamos sobrecargados y hemos vuelto al miedo al hambre. No tenemos tiempo y nos vemos forzados a seguir en casa conectados al ordenador. Que estamos sobre-presionados; y esta presión nos ha alcanzado de lleno. Ha entrado en la conciencia colectiva. Parece que las condiciones físicas brutales que soportaron los primeros trabajadores de la industrialización se han sustituido por otras no menos coercitivas y mucho más sutiles.



Es una cadena de locuras. Los consumidores presionan a las empresas y éstas, a su vez, presionan a los trabajadores para que dan lo máximo de sí mismos; y los clientes le den su dinero a las empresas. Es un círculo vicioso diabólico.



Los gurús del management o altos directivos aspiran a conseguir que los valores de la empresa coincidan con el de los trabajadores, y se utilizan argucias muy sutiles para ello.



El papel de los sindicatos, ante esta situación, parece ser estar en la más absoluta inopia. Les falta el talante intelectual para negociar sobre lo que se nos ha venido encima. Algo que beneficie a ambas partes. Indudablemente todavía siguen con los tres ochos; y la situación actual nada tiene que ver. ¿Cómo van a resolver un problema si ni siquiera parecen ser conscientes de ello? Además, parece que sus preocupaciones han pasado a ser la de mantener unos privilegios insostenibles que sólo benefician a unos cuantos privilegiados.



A finales del siglo XVIII y XIX el gran proyecto de ingeniería social de la industrialización fue coger a los trabajadores del campo y convertirlos en dóciles obreros dependientes de un salario. Se empleó el método del miedo al hambre; y en la Inglaterra, precursora de la época industrial, el miedo a Dios. Los Metodistas les inculcaban a los trabajadores de la revolución industrial el deber moral de trabajar duro y santificar el domingo. Los salarios tuvieron que ser lógicamente bajos para asegurarse de que el obrero del campo volviese el lunes a trabajar. Hombres, mujeres y niños desde los seis años formaban periódicamente una procesión diaria hacia las fábricas con el hambre como el gran acicate



Evidentemente aquellos demonios fueron combatidos. Primero con la lucha obrera por la jornada de diez horas, después se abolió el trabajo de los niños. La lucha sindical parece que dio sus frutos y: se consiguieron los tres ochos: ya no era tan pobres como para tener que ir a trabajar por estar hambrientos, ¿o ahora si ... ? Interesante tema para tratar en el futuro: una crisis y de nuevo el hambre como acicate.





2 comentarios:

  1. Buen analisis de los obreros y las empresas en los últimos 200 años de la era Industria y la situación laboral actual.
    Es curioso observar los cambios y las evoluciones, cambio de siglo, cambio de milenio; grandes avances en las tecnologías que hacen más disfrutable la vida humana y sin embargo las empresas en pleno Siglo XXI siguen utilizando como elementos motivadores del ser humano, los Palos y las Zanahorias; los mismos que se utilizaron para domesticar a las bestias desde las noches de los tiempos.
    Desastres económicos mundiales en los primeros 10 años del nuevo Milenio, está más que claro, son necesarios Muchos Cambios, las tradiciones ya no sirven...
    Os ofrezco mi blog Josevioliver.blogspot.com
    Saludos cordiales.

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    1. Gracias Josevi. Para analizar con perspectiva histórica tienes que estar suficientemente separado en el tiempo. Lo interesante sería ligar datos para prever posibilidades no ya de futuro, sino de presente.

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